Bajar del bus. El calor. El ruido. Los vendedores ambulantes. Los zapatos feos. Los broches de todos colores. Las bocinas. El polvo. El hombre que te mira fijo. La mujer que pide. La que te sonríe. El auto que dobla mal. El choque a punto de ser. Las líneas blancas de la calle. Las líneas que nadie respeta. La farmacia. El agua helada. La vereda del sol. La vereda de la sombra. La casa linda. La gente malhumorada. La que camina hablando por celular. El que cruza corriendo. La que sale del super. La gente en la parada de bus. El otro bus. La velocidad. La música a todo volumen. El vendedor ambulante. El hermano evangélico recuperado de la mala vida. Todos callados. La señora que coquetea al busero. El cobrador que grita. La señora con tacones. La abuela con un guacal enorme en la cabeza. Los policías que no pagan pasaje. El trabajador que huele a trabajo. La parada.
19 de febrero de 2010
Pedido de foto a Aitana, cediendo derechos de autor, y acorde a la temática tratada.
viernes, 19 de febrero de 2010
martes, 9 de febrero de 2010
Pescadores
No sé cómo es la vida de ellos pero me la imagino salada, salada y blanca como el sol que hierve las espaldas. Monótona y sabia.
Apostados todos los días de Dios en el muelle del puerto vendiendo, cortando, pesando y secando pescado al sol. Un vendedor al lado del otro, con las básculas y los recipientes con hielo para mantener el producto fresco. Y gritando la mercadería. Y conociendo todos los secretos del vecino, a fuerza de verle los gestos, los rostros y las manos llenas de escamas y espinas.
Imagino sus comienzos del día livianos, cuando el mar se despierta y brilla y el aire aún está fresco…pero por poco tiempo, muy poco. Acá siempre hace calor y en el muelle siempre hace más, como si el cemento no quisiera mojarse.
Pero por suerte, Santiaga está sentada a la sombra, bajo un techo largo construido a pedido del señor alcalde. Está con los brazos cruzados, como siempre, mirando todo el pescado y tratando de no olerlo, aunque imagino que le cuesta.
Santiaga es real. No es de cuento, no es hija de pescadores que ha aprendido el oficio a fuerza de embarrarse en el mar. No. Su madre se doctoró en la escuelita rural y su padre la ayudó no estorbando, por lo que en su familia nadie pesca, ni siquiera Santiaga.
Ella se levanta temprano y se baña despacio con olor a agua limpia, y a jabón y a mañana, y llega al muelle a comprar pescado para venderlo. Llega los lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábados y domingos…pero los jueves llega siempre con una falda roja, porque ese día son más los vendedores y muchos ya están cansados y se malhumoran con mayor facilidad…y a ella el rojo la distrae y la aleja de tanto grito de mantarraya.
Hija de maestra, tuvo que aprender a mirar bien al pescado para entenderlo. Al principio le dieron liebre por peces, pero hoy ya no. Calladita, los conoce, y sabe que como en la vida, muchas veces los más grandes, no son los mejores.
Conoce el muelle desde que era de palos, jugaba ahí cuando se escapaba descalza de la escuela. Se vieron crecer juntos. Ella lo vio transformarse en un camino gris de piedra y él la vio envejecer.
Sólo un día la extrañó.
Santiaga, de sesenta y tres años, faltó por primera vez a su trabajo.
Faltó porque se durmió, porque sus hijos están grandes y ya no viven con ella, porque su marido salió de casa hace mucho tiempo, porque el calor le pesaba en el pelo y porque la falda roja estaba mojada un jueves.
9 de febrero de 2010
Lo bueno de los amigos es que están cuando uno se descuida. A pedido de Caro y Juli.
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