miércoles, 3 de noviembre de 2010

Ruido


La gente trae ruido. Mi barrio era tranquilo los domingos. Parecía un campo. Hasta que una agencia privada de seguridad se instaló al lado de mi casa, con cientos de hombres que comienzan muy temprano su día. En la calle arreglan autos y los autos que tienen, o son muchos o se rompen muy seguido. Los arreglan a los golpes, ese golpe metálico de martillo a las siete de la mañana. Los arreglan a los gritos. Como sino fuera domingo, o no fuera temprano. Los guardias casi siempre están en la puerta, entonces llegan nuevos guardias a saludarlo, en auto, con la música a todo volumen, siempre cumbia, siempre temprano. Están décimas de segundos. Logran despertarte, pero cuando una quiere salir a matarlos, arrancan y se van.
Además, tienen hambre, entonces compran pan dulce. El pan dulce lo vende un chico en bicicleta, va con un canasto enorme sobre el manubrio tapado con una telita, como si fuera un mantel y toca insistentemente la bocina, la bocina de bicicleta. Como los guardias están siempre en la calle y la gente trae ruido, el joven de los panes se para frente a ellos a tocar la bocina, como si él fuera invisible o como si nadie pudiera avisarle a los que están adentro, que llegó el joven del pan dulce.
Como son muchos, el hambre varía, y el joven de los panes aparece varias veces tocando bocina en horarios claves.
En mi clase de yoga, el salón están en una casa particular y siempre que la dueña de la casa, que no es la profesora, entra, sin pasar por el salón, sus tres pequineses plateados ladran como solo esos pequeños perros saben hacerlo. Cuando están solos no ladran.

3 de noviembre de 2010
El que más me saca de quicio es el de los panes, pero no le puedo decir nada porque está trabajando.

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