miércoles, 3 de noviembre de 2010

Ruido


La gente trae ruido. Mi barrio era tranquilo los domingos. Parecía un campo. Hasta que una agencia privada de seguridad se instaló al lado de mi casa, con cientos de hombres que comienzan muy temprano su día. En la calle arreglan autos y los autos que tienen, o son muchos o se rompen muy seguido. Los arreglan a los golpes, ese golpe metálico de martillo a las siete de la mañana. Los arreglan a los gritos. Como sino fuera domingo, o no fuera temprano. Los guardias casi siempre están en la puerta, entonces llegan nuevos guardias a saludarlo, en auto, con la música a todo volumen, siempre cumbia, siempre temprano. Están décimas de segundos. Logran despertarte, pero cuando una quiere salir a matarlos, arrancan y se van.
Además, tienen hambre, entonces compran pan dulce. El pan dulce lo vende un chico en bicicleta, va con un canasto enorme sobre el manubrio tapado con una telita, como si fuera un mantel y toca insistentemente la bocina, la bocina de bicicleta. Como los guardias están siempre en la calle y la gente trae ruido, el joven de los panes se para frente a ellos a tocar la bocina, como si él fuera invisible o como si nadie pudiera avisarle a los que están adentro, que llegó el joven del pan dulce.
Como son muchos, el hambre varía, y el joven de los panes aparece varias veces tocando bocina en horarios claves.
En mi clase de yoga, el salón están en una casa particular y siempre que la dueña de la casa, que no es la profesora, entra, sin pasar por el salón, sus tres pequineses plateados ladran como solo esos pequeños perros saben hacerlo. Cuando están solos no ladran.

3 de noviembre de 2010
El que más me saca de quicio es el de los panes, pero no le puedo decir nada porque está trabajando.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Zapatero

Su cuerpo era un ángulo recto, su espalda se doblaba perfectamente para que su cabeza mirara constantemente el piso. Usaba bastón, y cuando se apoyaba un ratito para tomar fuerzas para dar el próximo paso, formaba un cuadrado.
Se llamaba José y era la persona aritmética más feliz. Fue zapatero toda su vida. Sus movimientos, sus paseos llenos de cajas, sus calzadores de plata, y su suavidad para tomar cada pie como si fuera un pétalo, se veía tras la vidriera.
Sus días eran felices, livianos, pasos de baile. Las mujeres enloquecían. El las adivinaba. Y las trataba como si fueran de agua, sagradas. Los pies son el pretexto para viajar. Cómo no vestirlos como reyes?
Se enamoró cuando vio esos dedos graciosos, pintados de rojo, en unas sandalias baijtas color plomo. Y la sonrisa de su compradora terminó por envolverlo y hacerlo sentir que podía volar.
Los zapatos y su corazón fueron para ella.
Cuando él camina formando un ángulo, orgulloso de haber sido zapatero, ella viene a su lado, marchita y hermosa, uñitas rojas.

Miércoles 13 de octubre de 2010
Lo lindo de leer y no corregir

miércoles, 25 de agosto de 2010

viento

Empieza a sonar el viento, a maracas, y las ventanas se cierran solas, y las cortinas se vuelan, y se caen las botellas de plástico, y bailan los papeles. Y uno intentando frenar todo ese desvarío. Siempre acomodando.

25 de agosto de 2010
Cuando escribir no me deja escribir

martes, 6 de abril de 2010

Prohibido besar

Hoy la gente se detiene a ver el muertito. Más de uno lo conocía, claro está “excelente persona de su casa”. Lo miran hasta que se lo llevan, lo miran de arriba abajo, lo miran todos; incluso los que no lo conocían. Esos tienen la suerte de verlo más tarde en el diario, en la portada, tirado. Uno más.

Pero ayer mientras me bañaba en una piscina, una parejita no paraba de reírse, en el medio del agua, ella rubia, con esa risa de felicidad absoluta, de alguien a quien le están haciendo permanentemente cosquillas. Y las piernas se le enredaban en las de él tanto como su pelo.
Afuera de la piscina había más mujeres y hombres, secos, duros, sin que nadie les estuviera haciendo cosquillas y sus miradas de desaprobación a los revoltosos eran infinitas, torcidas….con todo el peso de la censura.

No es para menos. Dios nos libre. Era gente besándose en público.

6 de abril de 2010
Con un día un poco triste

miércoles, 10 de marzo de 2010

Mañanas


Hay mañanas que son exactamente iguales a otras. El mismo viento, el mismo olor. La misma quietud que tienen algunos días a los que les cuesta arrancar. Sin ruidos, sin soles estrepitosos que la arruinen con su calor omnipresente. Son mañanas de hoy que fueron de ayer. Que aparecen de pronto para vernos crecer.

Es el mismo viento que me dejaba frente a la facultad de periodismo en mis mañanas tardías, las que empezaban sin ánimo de aprovechar el día cuando todavía es noche. La misma quietud que hay en mi casa cuando mi papá está en el fondo, mi mamá corriendo por toda la casa, y mi hermano atravesando la cancel con su humor increíblemente sonriente.
Son mañanas de mate, de diálogos suavecitos, de apuntes, de amigas que se despiertan en estas mañanas pensando que son otras.
Son mañanas que tropiezan confundidas y a mí me revientan el corazón de nostalgia.

10 de marzo de 2010
Miércoles, el día más lindo de la semana, exceptuando el sábado claro está.

viernes, 19 de febrero de 2010

De un punto a otro

Bajar del bus. El calor. El ruido. Los vendedores ambulantes. Los zapatos feos. Los broches de todos colores. Las bocinas. El polvo. El hombre que te mira fijo. La mujer que pide. La que te sonríe. El auto que dobla mal. El choque a punto de ser. Las líneas blancas de la calle. Las líneas que nadie respeta. La farmacia. El agua helada. La vereda del sol. La vereda de la sombra. La casa linda. La gente malhumorada. La que camina hablando por celular. El que cruza corriendo. La que sale del super. La gente en la parada de bus. El otro bus. La velocidad. La música a todo volumen. El vendedor ambulante. El hermano evangélico recuperado de la mala vida. Todos callados. La señora que coquetea al busero. El cobrador que grita. La señora con tacones. La abuela con un guacal enorme en la cabeza. Los policías que no pagan pasaje. El trabajador que huele a trabajo. La parada.

19 de febrero de 2010
Pedido de foto a Aitana, cediendo derechos de autor, y acorde a la temática tratada.

martes, 9 de febrero de 2010

Pescadores


No sé cómo es la vida de ellos pero me la imagino salada, salada y blanca como el sol que hierve las espaldas. Monótona y sabia.
Apostados todos los días de Dios en el muelle del puerto vendiendo, cortando, pesando y secando pescado al sol. Un vendedor al lado del otro, con las básculas y los recipientes con hielo para mantener el producto fresco. Y gritando la mercadería. Y conociendo todos los secretos del vecino, a fuerza de verle los gestos, los rostros y las manos llenas de escamas y espinas.
Imagino sus comienzos del día livianos, cuando el mar se despierta y brilla y el aire aún está fresco…pero por poco tiempo, muy poco. Acá siempre hace calor y en el muelle siempre hace más, como si el cemento no quisiera mojarse.
Pero por suerte, Santiaga está sentada a la sombra, bajo un techo largo construido a pedido del señor alcalde. Está con los brazos cruzados, como siempre, mirando todo el pescado y tratando de no olerlo, aunque imagino que le cuesta.

Santiaga es real. No es de cuento, no es hija de pescadores que ha aprendido el oficio a fuerza de embarrarse en el mar. No. Su madre se doctoró en la escuelita rural y su padre la ayudó no estorbando, por lo que en su familia nadie pesca, ni siquiera Santiaga.
Ella se levanta temprano y se baña despacio con olor a agua limpia, y a jabón y a mañana, y llega al muelle a comprar pescado para venderlo. Llega los lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábados y domingos…pero los jueves llega siempre con una falda roja, porque ese día son más los vendedores y muchos ya están cansados y se malhumoran con mayor facilidad…y a ella el rojo la distrae y la aleja de tanto grito de mantarraya.
Hija de maestra, tuvo que aprender a mirar bien al pescado para entenderlo. Al principio le dieron liebre por peces, pero hoy ya no. Calladita, los conoce, y sabe que como en la vida, muchas veces los más grandes, no son los mejores.
Conoce el muelle desde que era de palos, jugaba ahí cuando se escapaba descalza de la escuela. Se vieron crecer juntos. Ella lo vio transformarse en un camino gris de piedra y él la vio envejecer.
Sólo un día la extrañó.
Santiaga, de sesenta y tres años, faltó por primera vez a su trabajo.
Faltó porque se durmió, porque sus hijos están grandes y ya no viven con ella, porque su marido salió de casa hace mucho tiempo, porque el calor le pesaba en el pelo y porque la falda roja estaba mojada un jueves.

9 de febrero de 2010
Lo bueno de los amigos es que están cuando uno se descuida. A pedido de Caro y Juli.