jueves, 17 de febrero de 2011

Nicaragua

El prejuicio se rebeló. Estoy en un hotel en Nicaragua, hotel Mozonte, y uno de los cuartos está ocupado por cuatro jóvenes, a simple vista, ex delincuentes. Uno de ellos tiene el pelo lleno de rulitos, negros, los brazos tatuados indisimulablemente y una mirada de las que incomodan. De las que no conoce el miedo, de las que miran a los ojos y no te olvidan. Estamos los dos en la piscina, escondidos el uno del otro por las plantas.


El escucha música de perreo que manda a todo el mundo a la mierda, que la vida es de los ricos y los problemas de los pobres. Y también busca en su compu historias de fantasmas.

Yo estoy a la sombrita, es mediodía, y escribo. De pronto se me acerca un perro de los nuevos, un caliche blanco, lleno de rulos, ojitos indefensos, patitas cortas, orejas de propaganda de televisión. Y el malo, sin levantar la vista de la pantalla de la compu, le dice “Cuqui, venga”.

Nicaragua de tan pobre no es pretenciosa. Al menos lo que conozco de Managua, lo que hay es lo que hay. Casas bajitas llenas de sol y calor. Normales, con rejas, con jardines. Hay una catedral de las de antes, pero el resto de los edificios históricos no llaman la atención por históricos.

Es una ciudad chata y larga, muy larga. Entre la zona del hotel y la zona del bar Garabato hay que andar por una autopista, con árboles a los costados, como si la ciudad se cortara en dos, tomara un respiro y empezara de vuelta. Es 11 de febrero.

-¿Todavía están puestos los arbolitos y las luces de Navidad?

-Sí a la Primera Dama le gustan -dice el taxista- así nos llega la cuenta de la luz.

En Nicaragua la gente está en la vereda. Durante el día, a la tardecita. Se puede leer el diario en la mecedora del hotel en la vereda. En la calle. Un barrio de casitas bajas, que en su época fue residencial, pero no tanto. Que está a una cuadra de la calle principal, muy cerca de Price Mart, de Banco Promérica donde se pueden cambiar dólares por córdobas y del supermercado La Colonia, que parece un supermercado muy lejos de la pobrecita Nicaragua.

Lo que hay en Managua es color, y eso se ve perfectamente compactado en el muelle que da sobre el lago Xolotán, un lago divino, enorme, contaminado.

Allí todos los puestos de comida y bebida, todas las bancas, todas las flores son de colores, rosado, violeta, verde, amarillo, azul. Allí casi todo tiene nombre cubano sin mucha imaginación: bar cubano, mojitos cubanos. El muelle es un reducto humano a la vida. A la entrada, un gran cartel con una frase de Salvador Allende en letras doradas, recibe a los visitantes.

El lago es perfecto, rodeado de montañas, infinito como un mar que es lago. Hasta mínimas olas se le parecen.

En un puestito de comida, pedimos, mis dos compañeros camarógrafos y yo, un quesillo para poder grabar cómo se hace y luego comerlo. El quesillo es delicioso. Es la comida más típica entre las típicas. Es una tortilla con queso de enredo, que puede ser en forma de trenza o de feta grande, con cebolla, chile y crema. Que se sirve como un burrito.

En el puesto está sentada, del lado de los clientes, la amiga de la que atiende. Tiene las cejas fucsias y las uñas de los pies verdes.



-¿Tiene Coca Cola?- pregunta uno de mis compañeros camarógrafos.

-Si

-¿Tiene una fresca?-pregunta el otro.

-Para fresca yo –dice indecorosa cejas fucsias, uñas verdes. Es divertida.

A pocos metros del muelle, está la plaza, con el anfiteatro donde el comandante Daniel Ortega da discursos y reúne de una vez las banderas rojas y negras del Frente Sandinista de Liberación Nacional. El anfiteatro es una concha blanca que forma como un techo, como si fueran cabellos hirsutos parados. Allí hasta el mismo Daniel es pequeño. El anfiteatro es enorme y da la sensación de que no cualquiera se puede subir en él. Ahora es viernes y está vacío, casi todo el parque está vacío y eso que es grande.

En realidad, no está vacío del todo. Solo hay unas pocas cabras pastando que es necesario ir a fotografiar por inverosímil (Managua es la capital de Nicaragua y en el parque está el anfiteatro del presidente).

Las grabamos, las enfocamos, las vemos con los ojos grandes y cuando nos vamos, aparece su dueño en bicicleta. Sonriendo, algo sucio, con los zapatos gastados, todo él en tonos gris.



-¿Son suyas las cabras?

-Sí

-¿Y son mansitas? ¿Se portan bien?

-Claro, son cabras de la capital

Y después sorprende. Insiste en que Nicaragua no es un pueblo bruto, pero que no sabe por qué no puede salir. También insiste en que Daniel Ortega no va a ser presidente por tercera vez, pero lo dice con la convicción de que él, el dueño de las cabras, no lo va a dejar. “Ya gobernó dos veces, ya está mi comandante. Que un nicaragüense venga a reformar mi constitución, no, no se puede. Ya lo dejamos gobernar”.

Pregunta por Funes, el presidente también de izquierda de El Salvador. Y se ríe. Para él El Salvador es un modelo a seguir. Pobre. Y se alegra que el FMLN, el partido de Funes, esté en el poder. Aunque sabe que entre los benditos ideales del Che y estos dos, hay un abismo.

Cuqui, el perrito oveja sigue dando vueltas por una zona delimitada del hotel, indefenso. Ni ladra. El joven pinta de maleante, en cuero, con los pantalones de jean que dejan ver, como se usa ahora, los calzoncillos, lo levanta y lo mima. Cuqui sigue sin demostrar sentimientos. No ladra.



13 de febrero de 2011.
Calor.

miércoles, 5 de enero de 2011

Azúcar

En enero el aire se llena de caña quemada, cae del cielo, cae en las piscinas, en la calle, en la cabeza. Son pequeñísimas virutas negras que flotan como las hojas, de un costado al otro, y da la sensación de que no se mueren. Es azúcar disfrazada. Y llena todo el país, pese a que en muy pocos lugares se quema caña, pero como el país es tan chiquito, hay azúcar negra del campo a la ciudad.


5 de enero
Hoy abre el risto nuevo, nada que ver con el azúcar

viernes, 26 de noviembre de 2010

Amigos

En el único momento del día en que siento que no crecí ni un ápice, ni me arrugué un poquito, ni tengo canas, aunque las tengo, ni el brazo como un elastiquito que se vence, es cuando estoy con mis amigos, nos unen chistes de hace años, y si los veo quiero bailar, y siguen con sus mismos defectos y se ríen de los míos, que en algún momento pensé que eran de adolescente, pero no, son míos, y me quieren ver feliz, y a mis amigas que tengo lejos, cuando las contacto por esas bellezas de la tecnología, las descubro igual, y desde Argentina a El Salvador si les escribo hablemos, dejan lo que están haciendo y me preguntan pasa algo o solo querés hablar, y cuando les pido un favor, resoplan entregadas, y si es fácil, se sorprenden, como lo han hecho siempre, porque para algunas cosas, uno nunca crece, para qué?

26 de noviembre de 2010
Me siento bien

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Ruido


La gente trae ruido. Mi barrio era tranquilo los domingos. Parecía un campo. Hasta que una agencia privada de seguridad se instaló al lado de mi casa, con cientos de hombres que comienzan muy temprano su día. En la calle arreglan autos y los autos que tienen, o son muchos o se rompen muy seguido. Los arreglan a los golpes, ese golpe metálico de martillo a las siete de la mañana. Los arreglan a los gritos. Como sino fuera domingo, o no fuera temprano. Los guardias casi siempre están en la puerta, entonces llegan nuevos guardias a saludarlo, en auto, con la música a todo volumen, siempre cumbia, siempre temprano. Están décimas de segundos. Logran despertarte, pero cuando una quiere salir a matarlos, arrancan y se van.
Además, tienen hambre, entonces compran pan dulce. El pan dulce lo vende un chico en bicicleta, va con un canasto enorme sobre el manubrio tapado con una telita, como si fuera un mantel y toca insistentemente la bocina, la bocina de bicicleta. Como los guardias están siempre en la calle y la gente trae ruido, el joven de los panes se para frente a ellos a tocar la bocina, como si él fuera invisible o como si nadie pudiera avisarle a los que están adentro, que llegó el joven del pan dulce.
Como son muchos, el hambre varía, y el joven de los panes aparece varias veces tocando bocina en horarios claves.
En mi clase de yoga, el salón están en una casa particular y siempre que la dueña de la casa, que no es la profesora, entra, sin pasar por el salón, sus tres pequineses plateados ladran como solo esos pequeños perros saben hacerlo. Cuando están solos no ladran.

3 de noviembre de 2010
El que más me saca de quicio es el de los panes, pero no le puedo decir nada porque está trabajando.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Zapatero

Su cuerpo era un ángulo recto, su espalda se doblaba perfectamente para que su cabeza mirara constantemente el piso. Usaba bastón, y cuando se apoyaba un ratito para tomar fuerzas para dar el próximo paso, formaba un cuadrado.
Se llamaba José y era la persona aritmética más feliz. Fue zapatero toda su vida. Sus movimientos, sus paseos llenos de cajas, sus calzadores de plata, y su suavidad para tomar cada pie como si fuera un pétalo, se veía tras la vidriera.
Sus días eran felices, livianos, pasos de baile. Las mujeres enloquecían. El las adivinaba. Y las trataba como si fueran de agua, sagradas. Los pies son el pretexto para viajar. Cómo no vestirlos como reyes?
Se enamoró cuando vio esos dedos graciosos, pintados de rojo, en unas sandalias baijtas color plomo. Y la sonrisa de su compradora terminó por envolverlo y hacerlo sentir que podía volar.
Los zapatos y su corazón fueron para ella.
Cuando él camina formando un ángulo, orgulloso de haber sido zapatero, ella viene a su lado, marchita y hermosa, uñitas rojas.

Miércoles 13 de octubre de 2010
Lo lindo de leer y no corregir

miércoles, 25 de agosto de 2010

viento

Empieza a sonar el viento, a maracas, y las ventanas se cierran solas, y las cortinas se vuelan, y se caen las botellas de plástico, y bailan los papeles. Y uno intentando frenar todo ese desvarío. Siempre acomodando.

25 de agosto de 2010
Cuando escribir no me deja escribir

martes, 6 de abril de 2010

Prohibido besar

Hoy la gente se detiene a ver el muertito. Más de uno lo conocía, claro está “excelente persona de su casa”. Lo miran hasta que se lo llevan, lo miran de arriba abajo, lo miran todos; incluso los que no lo conocían. Esos tienen la suerte de verlo más tarde en el diario, en la portada, tirado. Uno más.

Pero ayer mientras me bañaba en una piscina, una parejita no paraba de reírse, en el medio del agua, ella rubia, con esa risa de felicidad absoluta, de alguien a quien le están haciendo permanentemente cosquillas. Y las piernas se le enredaban en las de él tanto como su pelo.
Afuera de la piscina había más mujeres y hombres, secos, duros, sin que nadie les estuviera haciendo cosquillas y sus miradas de desaprobación a los revoltosos eran infinitas, torcidas….con todo el peso de la censura.

No es para menos. Dios nos libre. Era gente besándose en público.

6 de abril de 2010
Con un día un poco triste