martes, 6 de abril de 2010

Prohibido besar

Hoy la gente se detiene a ver el muertito. Más de uno lo conocía, claro está “excelente persona de su casa”. Lo miran hasta que se lo llevan, lo miran de arriba abajo, lo miran todos; incluso los que no lo conocían. Esos tienen la suerte de verlo más tarde en el diario, en la portada, tirado. Uno más.

Pero ayer mientras me bañaba en una piscina, una parejita no paraba de reírse, en el medio del agua, ella rubia, con esa risa de felicidad absoluta, de alguien a quien le están haciendo permanentemente cosquillas. Y las piernas se le enredaban en las de él tanto como su pelo.
Afuera de la piscina había más mujeres y hombres, secos, duros, sin que nadie les estuviera haciendo cosquillas y sus miradas de desaprobación a los revoltosos eran infinitas, torcidas….con todo el peso de la censura.

No es para menos. Dios nos libre. Era gente besándose en público.

6 de abril de 2010
Con un día un poco triste

miércoles, 10 de marzo de 2010

Mañanas


Hay mañanas que son exactamente iguales a otras. El mismo viento, el mismo olor. La misma quietud que tienen algunos días a los que les cuesta arrancar. Sin ruidos, sin soles estrepitosos que la arruinen con su calor omnipresente. Son mañanas de hoy que fueron de ayer. Que aparecen de pronto para vernos crecer.

Es el mismo viento que me dejaba frente a la facultad de periodismo en mis mañanas tardías, las que empezaban sin ánimo de aprovechar el día cuando todavía es noche. La misma quietud que hay en mi casa cuando mi papá está en el fondo, mi mamá corriendo por toda la casa, y mi hermano atravesando la cancel con su humor increíblemente sonriente.
Son mañanas de mate, de diálogos suavecitos, de apuntes, de amigas que se despiertan en estas mañanas pensando que son otras.
Son mañanas que tropiezan confundidas y a mí me revientan el corazón de nostalgia.

10 de marzo de 2010
Miércoles, el día más lindo de la semana, exceptuando el sábado claro está.

viernes, 19 de febrero de 2010

De un punto a otro

Bajar del bus. El calor. El ruido. Los vendedores ambulantes. Los zapatos feos. Los broches de todos colores. Las bocinas. El polvo. El hombre que te mira fijo. La mujer que pide. La que te sonríe. El auto que dobla mal. El choque a punto de ser. Las líneas blancas de la calle. Las líneas que nadie respeta. La farmacia. El agua helada. La vereda del sol. La vereda de la sombra. La casa linda. La gente malhumorada. La que camina hablando por celular. El que cruza corriendo. La que sale del super. La gente en la parada de bus. El otro bus. La velocidad. La música a todo volumen. El vendedor ambulante. El hermano evangélico recuperado de la mala vida. Todos callados. La señora que coquetea al busero. El cobrador que grita. La señora con tacones. La abuela con un guacal enorme en la cabeza. Los policías que no pagan pasaje. El trabajador que huele a trabajo. La parada.

19 de febrero de 2010
Pedido de foto a Aitana, cediendo derechos de autor, y acorde a la temática tratada.

martes, 9 de febrero de 2010

Pescadores


No sé cómo es la vida de ellos pero me la imagino salada, salada y blanca como el sol que hierve las espaldas. Monótona y sabia.
Apostados todos los días de Dios en el muelle del puerto vendiendo, cortando, pesando y secando pescado al sol. Un vendedor al lado del otro, con las básculas y los recipientes con hielo para mantener el producto fresco. Y gritando la mercadería. Y conociendo todos los secretos del vecino, a fuerza de verle los gestos, los rostros y las manos llenas de escamas y espinas.
Imagino sus comienzos del día livianos, cuando el mar se despierta y brilla y el aire aún está fresco…pero por poco tiempo, muy poco. Acá siempre hace calor y en el muelle siempre hace más, como si el cemento no quisiera mojarse.
Pero por suerte, Santiaga está sentada a la sombra, bajo un techo largo construido a pedido del señor alcalde. Está con los brazos cruzados, como siempre, mirando todo el pescado y tratando de no olerlo, aunque imagino que le cuesta.

Santiaga es real. No es de cuento, no es hija de pescadores que ha aprendido el oficio a fuerza de embarrarse en el mar. No. Su madre se doctoró en la escuelita rural y su padre la ayudó no estorbando, por lo que en su familia nadie pesca, ni siquiera Santiaga.
Ella se levanta temprano y se baña despacio con olor a agua limpia, y a jabón y a mañana, y llega al muelle a comprar pescado para venderlo. Llega los lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábados y domingos…pero los jueves llega siempre con una falda roja, porque ese día son más los vendedores y muchos ya están cansados y se malhumoran con mayor facilidad…y a ella el rojo la distrae y la aleja de tanto grito de mantarraya.
Hija de maestra, tuvo que aprender a mirar bien al pescado para entenderlo. Al principio le dieron liebre por peces, pero hoy ya no. Calladita, los conoce, y sabe que como en la vida, muchas veces los más grandes, no son los mejores.
Conoce el muelle desde que era de palos, jugaba ahí cuando se escapaba descalza de la escuela. Se vieron crecer juntos. Ella lo vio transformarse en un camino gris de piedra y él la vio envejecer.
Sólo un día la extrañó.
Santiaga, de sesenta y tres años, faltó por primera vez a su trabajo.
Faltó porque se durmió, porque sus hijos están grandes y ya no viven con ella, porque su marido salió de casa hace mucho tiempo, porque el calor le pesaba en el pelo y porque la falda roja estaba mojada un jueves.

9 de febrero de 2010
Lo bueno de los amigos es que están cuando uno se descuida. A pedido de Caro y Juli.

lunes, 25 de enero de 2010

Tengo

Tengo. Tengo una terraza alquilada con sesenta macetas. Sesenta macetas. Tengo una almohada y una cama queen o una cama reina. Tengo una heladera a medias y una cocina a medias.
Cuando salgo a la terraza, tengo un volcán enteramente verde, que de lejos parece virgen, sin carreteras, sin polución, sin problemas. Pero de lejos.
A más tardar, a veinte minutos de mi casa a descalzarme, tengo el mar. Lo tengo incluso cuando llueve y está gris y parece un león.
Al lado de mi casa, tengo una agencia de seguridad, con veinte hombres, día y noche, con camisita beige con un número y pantalón marrón y unas armas que dan miedo. Estos machos, machos, los miércoles de noche se reúnen en la agencia alrededor de un karaoke y cantan a los gritos canciones de Luis Miguel, contradiciendo todo principio de estereotipo. Cantan horas, todos con sus camisitas y pantaloncitos, y parecen un coro un tanto violento por la vestimenta y los instrumentos.
También tengo al loco del barrio, el loco lindo que aparece cada tanto, prácticamente cuando ve luz y música en la terraza. ¿Puedo pasar? grita. Y uno casi siempre le dice que no, sin contradecir ningún estereotipo, “abrirle a extraños, mmm, dudoso. Máxima ancestral”. Y él insiste y se vende “que no toma, que no fuma, pero que cuenta chistes y le gusta el sexo”. Y se va. Loco, pero no tonto.

25 de enero de 2010
En casa, atardeciendo, luego de hablar con mi chico.

viernes, 15 de enero de 2010

Aitanits


Aitanits. Fotógrafa a fuerza de buscarse hasta el cansancio. En España, lejos…pero por suerte con un blog de fotos divino que cuenta, para los que saben leerla, toda su vida en color, y en blanco y negro.
Hoy cumple años y mañana va a tener un año más y un día. Me cuesta imaginarme cómo estará festejando, me es más fácil acordarme de ella cuando abre los ojos celestísimos bien grandes y dice “joe, qué morro”. Y nadie entiende nada.
Vivió un tiempo en El Salvador y cuando se fue dejó un vacío amarillo.

15 de enero de 2010
Feliz cumple Aitanits, ya nos veremos

lunes, 11 de enero de 2010

Casas de la playa

En un país atravesado al medio, destajado por la violencia, hay un espacio excepcionalmente blanco. Son las casas de la playa.
Las casas están metidas en el medio de los pobres. Se llega por caminos de tierra que atraviesan el mundo en dos: de un lado los que no tienen nada; del otro, las casas de la playa.
Sus puertas están cerradas al camino y abiertas de par en par al mar.
Allí el tiempo es paraíso; hamacas, cerveza, ron, cocteles, música, cigarros, piscina...y se vuelve viejo, allí el tiempo se vuelve el de antes.
Los vendedores de ostras, conchas y pescados entran por la arena y entran a las casas de la playa sin siquiera saludar, caminando despacio, quebrando sin pudor el paraíso, ofreciendo sus productos.
Y nadie se inmuta. Nadie se sobresalta.
Y van a la cocina y los preparan. Y los dueños de las casas de la playa sacan sus billeteras, que están en medio de todo, metidas en bolsos despatarrados. Y nadie se inmuta. Acá, en un país, en el que el miedo se mide en un espacio sin saludos, de miradas desconfiadas y bajo llave.
Y cuando los vendedores cobraron, se van por donde entraron y pasan a la casa de al lado, como si tal cosa, como si el mundo fuera así.

11 de enero de 2010
Acostada en la cama.