lunes, 25 de enero de 2010

Tengo

Tengo. Tengo una terraza alquilada con sesenta macetas. Sesenta macetas. Tengo una almohada y una cama queen o una cama reina. Tengo una heladera a medias y una cocina a medias.
Cuando salgo a la terraza, tengo un volcán enteramente verde, que de lejos parece virgen, sin carreteras, sin polución, sin problemas. Pero de lejos.
A más tardar, a veinte minutos de mi casa a descalzarme, tengo el mar. Lo tengo incluso cuando llueve y está gris y parece un león.
Al lado de mi casa, tengo una agencia de seguridad, con veinte hombres, día y noche, con camisita beige con un número y pantalón marrón y unas armas que dan miedo. Estos machos, machos, los miércoles de noche se reúnen en la agencia alrededor de un karaoke y cantan a los gritos canciones de Luis Miguel, contradiciendo todo principio de estereotipo. Cantan horas, todos con sus camisitas y pantaloncitos, y parecen un coro un tanto violento por la vestimenta y los instrumentos.
También tengo al loco del barrio, el loco lindo que aparece cada tanto, prácticamente cuando ve luz y música en la terraza. ¿Puedo pasar? grita. Y uno casi siempre le dice que no, sin contradecir ningún estereotipo, “abrirle a extraños, mmm, dudoso. Máxima ancestral”. Y él insiste y se vende “que no toma, que no fuma, pero que cuenta chistes y le gusta el sexo”. Y se va. Loco, pero no tonto.

25 de enero de 2010
En casa, atardeciendo, luego de hablar con mi chico.

viernes, 15 de enero de 2010

Aitanits


Aitanits. Fotógrafa a fuerza de buscarse hasta el cansancio. En España, lejos…pero por suerte con un blog de fotos divino que cuenta, para los que saben leerla, toda su vida en color, y en blanco y negro.
Hoy cumple años y mañana va a tener un año más y un día. Me cuesta imaginarme cómo estará festejando, me es más fácil acordarme de ella cuando abre los ojos celestísimos bien grandes y dice “joe, qué morro”. Y nadie entiende nada.
Vivió un tiempo en El Salvador y cuando se fue dejó un vacío amarillo.

15 de enero de 2010
Feliz cumple Aitanits, ya nos veremos

lunes, 11 de enero de 2010

Casas de la playa

En un país atravesado al medio, destajado por la violencia, hay un espacio excepcionalmente blanco. Son las casas de la playa.
Las casas están metidas en el medio de los pobres. Se llega por caminos de tierra que atraviesan el mundo en dos: de un lado los que no tienen nada; del otro, las casas de la playa.
Sus puertas están cerradas al camino y abiertas de par en par al mar.
Allí el tiempo es paraíso; hamacas, cerveza, ron, cocteles, música, cigarros, piscina...y se vuelve viejo, allí el tiempo se vuelve el de antes.
Los vendedores de ostras, conchas y pescados entran por la arena y entran a las casas de la playa sin siquiera saludar, caminando despacio, quebrando sin pudor el paraíso, ofreciendo sus productos.
Y nadie se inmuta. Nadie se sobresalta.
Y van a la cocina y los preparan. Y los dueños de las casas de la playa sacan sus billeteras, que están en medio de todo, metidas en bolsos despatarrados. Y nadie se inmuta. Acá, en un país, en el que el miedo se mide en un espacio sin saludos, de miradas desconfiadas y bajo llave.
Y cuando los vendedores cobraron, se van por donde entraron y pasan a la casa de al lado, como si tal cosa, como si el mundo fuera así.

11 de enero de 2010
Acostada en la cama.

viernes, 8 de enero de 2010

Mosquitos


Todo ha evolucionado y eso incluye a los mosquitos. Los mosquitos ya no son lo que eran antes. Son invencibles. Atraviesan el tiempo y el espacio. Y ahora lo hacen en silencio. No hay off, camiseta, espiral y vela tóxica que les impida llegar a donde quieran. Y además, selectivos. No pican a todos…pero la presa no tiene escapatoria.
Los días de playa siguen siendo divinos, sino fuera por los mosquitos, uno se acostumbraría hasta el hartazgo del mar, la playa y el tiempo que se frena… y que si pasa, no importa…porque lo que viene luego es mejor.

29 de diciembre de 2009
De noche, los dos intoxicados por culpa de ellos.

Vacaciones


Estoy en el mar. La silla azul, la más grande, es la de él. Mide un metro noventa. La mía es la blanca, más chiquitita. Y el mar es de los dos.
El mar es un mar azul, sin delirios de grandeza, no es turquesa, ni transparente, ni se le ven desde el cielo corales marfiles y rojos. Es azul con olas de espuma blanca. Mejor dicho, es perfectamente azul con olas de espuma blanca. Es un mar con color de mar.
Es como un buen vino, tiene carácter, tiene cuerpo y tiene fuerza.

Bañarse en el no es tan fácil. Se puede hasta un punto, después es como una selva de agua y viento. No se puede pasar..o peor no se puede salir.
A este mar incierto, con trucos escondidos, lo camina todas los días Marta, la ostrera. De punta a punta, en una arena que se le derrite en los zapatos y con un guacal verde, enorme en la cabeza. Hace años que no lo escucha, después de su accidente…pero lo que yo no sé es si lo ve, aunque sea tan grande y aunque tenga tanta agua viva.

Para Marta puede ser como una mancha de humedad, de las que aparecen y la costumbre las transforma en invisible. Willy, el que cuida la casa del mar, tampoco lo ve. No le conoce ni las mareas y lo tiene bajo sus narices todos los días. Noemy, su señora novia con sonrisa boba, cada tanto lo mira…pero no se lo lleva en la piel.
A mí me hechiza, me grita, y cuando por un momento se queda mudo, quieto, segundos, abro los ojos para ver si sigue ahí.


27 de diciembre de 2009
La Zunganera con Gig, in another fucking beautiful day.