En el único momento del día en que siento que no crecí ni un ápice, ni me arrugué un poquito, ni tengo canas, aunque las tengo, ni el brazo como un elastiquito que se vence, es cuando estoy con mis amigos, nos unen chistes de hace años, y si los veo quiero bailar, y siguen con sus mismos defectos y se ríen de los míos, que en algún momento pensé que eran de adolescente, pero no, son míos, y me quieren ver feliz, y a mis amigas que tengo lejos, cuando las contacto por esas bellezas de la tecnología, las descubro igual, y desde Argentina a El Salvador si les escribo hablemos, dejan lo que están haciendo y me preguntan pasa algo o solo querés hablar, y cuando les pido un favor, resoplan entregadas, y si es fácil, se sorprenden, como lo han hecho siempre, porque para algunas cosas, uno nunca crece, para qué?
26 de noviembre de 2010
Me siento bien
viernes, 26 de noviembre de 2010
miércoles, 3 de noviembre de 2010
Ruido
La gente trae ruido. Mi barrio era tranquilo los domingos. Parecía un campo. Hasta que una agencia privada de seguridad se instaló al lado de mi casa, con cientos de hombres que comienzan muy temprano su día. En la calle arreglan autos y los autos que tienen, o son muchos o se rompen muy seguido. Los arreglan a los golpes, ese golpe metálico de martillo a las siete de la mañana. Los arreglan a los gritos. Como sino fuera domingo, o no fuera temprano. Los guardias casi siempre están en la puerta, entonces llegan nuevos guardias a saludarlo, en auto, con la música a todo volumen, siempre cumbia, siempre temprano. Están décimas de segundos. Logran despertarte, pero cuando una quiere salir a matarlos, arrancan y se van.
Además, tienen hambre, entonces compran pan dulce. El pan dulce lo vende un chico en bicicleta, va con un canasto enorme sobre el manubrio tapado con una telita, como si fuera un mantel y toca insistentemente la bocina, la bocina de bicicleta. Como los guardias están siempre en la calle y la gente trae ruido, el joven de los panes se para frente a ellos a tocar la bocina, como si él fuera invisible o como si nadie pudiera avisarle a los que están adentro, que llegó el joven del pan dulce.
Como son muchos, el hambre varía, y el joven de los panes aparece varias veces tocando bocina en horarios claves.
En mi clase de yoga, el salón están en una casa particular y siempre que la dueña de la casa, que no es la profesora, entra, sin pasar por el salón, sus tres pequineses plateados ladran como solo esos pequeños perros saben hacerlo. Cuando están solos no ladran.
Además, tienen hambre, entonces compran pan dulce. El pan dulce lo vende un chico en bicicleta, va con un canasto enorme sobre el manubrio tapado con una telita, como si fuera un mantel y toca insistentemente la bocina, la bocina de bicicleta. Como los guardias están siempre en la calle y la gente trae ruido, el joven de los panes se para frente a ellos a tocar la bocina, como si él fuera invisible o como si nadie pudiera avisarle a los que están adentro, que llegó el joven del pan dulce.
Como son muchos, el hambre varía, y el joven de los panes aparece varias veces tocando bocina en horarios claves.
En mi clase de yoga, el salón están en una casa particular y siempre que la dueña de la casa, que no es la profesora, entra, sin pasar por el salón, sus tres pequineses plateados ladran como solo esos pequeños perros saben hacerlo. Cuando están solos no ladran.
3 de noviembre de 2010
El que más me saca de quicio es el de los panes, pero no le puedo decir nada porque está trabajando.
El que más me saca de quicio es el de los panes, pero no le puedo decir nada porque está trabajando.
miércoles, 27 de octubre de 2010
Zapatero
Su cuerpo era un ángulo recto, su espalda se doblaba perfectamente para que su cabeza mirara constantemente el piso. Usaba bastón, y cuando se apoyaba un ratito para tomar fuerzas para dar el próximo paso, formaba un cuadrado.
Se llamaba José y era la persona aritmética más feliz. Fue zapatero toda su vida. Sus movimientos, sus paseos llenos de cajas, sus calzadores de plata, y su suavidad para tomar cada pie como si fuera un pétalo, se veía tras la vidriera.
Sus días eran felices, livianos, pasos de baile. Las mujeres enloquecían. El las adivinaba. Y las trataba como si fueran de agua, sagradas. Los pies son el pretexto para viajar. Cómo no vestirlos como reyes?
Se enamoró cuando vio esos dedos graciosos, pintados de rojo, en unas sandalias baijtas color plomo. Y la sonrisa de su compradora terminó por envolverlo y hacerlo sentir que podía volar.
Los zapatos y su corazón fueron para ella.
Cuando él camina formando un ángulo, orgulloso de haber sido zapatero, ella viene a su lado, marchita y hermosa, uñitas rojas.
Miércoles 13 de octubre de 2010
Lo lindo de leer y no corregir
Se llamaba José y era la persona aritmética más feliz. Fue zapatero toda su vida. Sus movimientos, sus paseos llenos de cajas, sus calzadores de plata, y su suavidad para tomar cada pie como si fuera un pétalo, se veía tras la vidriera.
Sus días eran felices, livianos, pasos de baile. Las mujeres enloquecían. El las adivinaba. Y las trataba como si fueran de agua, sagradas. Los pies son el pretexto para viajar. Cómo no vestirlos como reyes?
Se enamoró cuando vio esos dedos graciosos, pintados de rojo, en unas sandalias baijtas color plomo. Y la sonrisa de su compradora terminó por envolverlo y hacerlo sentir que podía volar.
Los zapatos y su corazón fueron para ella.
Cuando él camina formando un ángulo, orgulloso de haber sido zapatero, ella viene a su lado, marchita y hermosa, uñitas rojas.
Miércoles 13 de octubre de 2010
Lo lindo de leer y no corregir
miércoles, 25 de agosto de 2010
viento
Empieza a sonar el viento, a maracas, y las ventanas se cierran solas, y las cortinas se vuelan, y se caen las botellas de plástico, y bailan los papeles. Y uno intentando frenar todo ese desvarío. Siempre acomodando.
25 de agosto de 2010
Cuando escribir no me deja escribir
25 de agosto de 2010
Cuando escribir no me deja escribir
martes, 6 de abril de 2010
Prohibido besar
Hoy la gente se detiene a ver el muertito. Más de uno lo conocía, claro está “excelente persona de su casa”. Lo miran hasta que se lo llevan, lo miran de arriba abajo, lo miran todos; incluso los que no lo conocían. Esos tienen la suerte de verlo más tarde en el diario, en la portada, tirado. Uno más.
Pero ayer mientras me bañaba en una piscina, una parejita no paraba de reírse, en el medio del agua, ella rubia, con esa risa de felicidad absoluta, de alguien a quien le están haciendo permanentemente cosquillas. Y las piernas se le enredaban en las de él tanto como su pelo.
Afuera de la piscina había más mujeres y hombres, secos, duros, sin que nadie les estuviera haciendo cosquillas y sus miradas de desaprobación a los revoltosos eran infinitas, torcidas….con todo el peso de la censura.
No es para menos. Dios nos libre. Era gente besándose en público.
6 de abril de 2010
Con un día un poco triste
Pero ayer mientras me bañaba en una piscina, una parejita no paraba de reírse, en el medio del agua, ella rubia, con esa risa de felicidad absoluta, de alguien a quien le están haciendo permanentemente cosquillas. Y las piernas se le enredaban en las de él tanto como su pelo.
Afuera de la piscina había más mujeres y hombres, secos, duros, sin que nadie les estuviera haciendo cosquillas y sus miradas de desaprobación a los revoltosos eran infinitas, torcidas….con todo el peso de la censura.
No es para menos. Dios nos libre. Era gente besándose en público.
6 de abril de 2010
Con un día un poco triste
miércoles, 10 de marzo de 2010
Mañanas
Hay mañanas que son exactamente iguales a otras. El mismo viento, el mismo olor. La misma quietud que tienen algunos días a los que les cuesta arrancar. Sin ruidos, sin soles estrepitosos que la arruinen con su calor omnipresente. Son mañanas de hoy que fueron de ayer. Que aparecen de pronto para vernos crecer.
Es el mismo viento que me dejaba frente a la facultad de periodismo en mis mañanas tardías, las que empezaban sin ánimo de aprovechar el día cuando todavía es noche. La misma quietud que hay en mi casa cuando mi papá está en el fondo, mi mamá corriendo por toda la casa, y mi hermano atravesando la cancel con su humor increíblemente sonriente.
Son mañanas de mate, de diálogos suavecitos, de apuntes, de amigas que se despiertan en estas mañanas pensando que son otras.
Son mañanas que tropiezan confundidas y a mí me revientan el corazón de nostalgia.
10 de marzo de 2010
Miércoles, el día más lindo de la semana, exceptuando el sábado claro está.
viernes, 19 de febrero de 2010
De un punto a otro
Bajar del bus. El calor. El ruido. Los vendedores ambulantes. Los zapatos feos. Los broches de todos colores. Las bocinas. El polvo. El hombre que te mira fijo. La mujer que pide. La que te sonríe. El auto que dobla mal. El choque a punto de ser. Las líneas blancas de la calle. Las líneas que nadie respeta. La farmacia. El agua helada. La vereda del sol. La vereda de la sombra. La casa linda. La gente malhumorada. La que camina hablando por celular. El que cruza corriendo. La que sale del super. La gente en la parada de bus. El otro bus. La velocidad. La música a todo volumen. El vendedor ambulante. El hermano evangélico recuperado de la mala vida. Todos callados. La señora que coquetea al busero. El cobrador que grita. La señora con tacones. La abuela con un guacal enorme en la cabeza. Los policías que no pagan pasaje. El trabajador que huele a trabajo. La parada.
19 de febrero de 2010
Pedido de foto a Aitana, cediendo derechos de autor, y acorde a la temática tratada.
19 de febrero de 2010
Pedido de foto a Aitana, cediendo derechos de autor, y acorde a la temática tratada.
martes, 9 de febrero de 2010
Pescadores
No sé cómo es la vida de ellos pero me la imagino salada, salada y blanca como el sol que hierve las espaldas. Monótona y sabia.
Apostados todos los días de Dios en el muelle del puerto vendiendo, cortando, pesando y secando pescado al sol. Un vendedor al lado del otro, con las básculas y los recipientes con hielo para mantener el producto fresco. Y gritando la mercadería. Y conociendo todos los secretos del vecino, a fuerza de verle los gestos, los rostros y las manos llenas de escamas y espinas.
Imagino sus comienzos del día livianos, cuando el mar se despierta y brilla y el aire aún está fresco…pero por poco tiempo, muy poco. Acá siempre hace calor y en el muelle siempre hace más, como si el cemento no quisiera mojarse.
Pero por suerte, Santiaga está sentada a la sombra, bajo un techo largo construido a pedido del señor alcalde. Está con los brazos cruzados, como siempre, mirando todo el pescado y tratando de no olerlo, aunque imagino que le cuesta.
Santiaga es real. No es de cuento, no es hija de pescadores que ha aprendido el oficio a fuerza de embarrarse en el mar. No. Su madre se doctoró en la escuelita rural y su padre la ayudó no estorbando, por lo que en su familia nadie pesca, ni siquiera Santiaga.
Ella se levanta temprano y se baña despacio con olor a agua limpia, y a jabón y a mañana, y llega al muelle a comprar pescado para venderlo. Llega los lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábados y domingos…pero los jueves llega siempre con una falda roja, porque ese día son más los vendedores y muchos ya están cansados y se malhumoran con mayor facilidad…y a ella el rojo la distrae y la aleja de tanto grito de mantarraya.
Hija de maestra, tuvo que aprender a mirar bien al pescado para entenderlo. Al principio le dieron liebre por peces, pero hoy ya no. Calladita, los conoce, y sabe que como en la vida, muchas veces los más grandes, no son los mejores.
Conoce el muelle desde que era de palos, jugaba ahí cuando se escapaba descalza de la escuela. Se vieron crecer juntos. Ella lo vio transformarse en un camino gris de piedra y él la vio envejecer.
Sólo un día la extrañó.
Santiaga, de sesenta y tres años, faltó por primera vez a su trabajo.
Faltó porque se durmió, porque sus hijos están grandes y ya no viven con ella, porque su marido salió de casa hace mucho tiempo, porque el calor le pesaba en el pelo y porque la falda roja estaba mojada un jueves.
9 de febrero de 2010
Lo bueno de los amigos es que están cuando uno se descuida. A pedido de Caro y Juli.
lunes, 25 de enero de 2010
Tengo
Tengo. Tengo una terraza alquilada con sesenta macetas. Sesenta macetas. Tengo una almohada y una cama queen o una cama reina. Tengo una heladera a medias y una cocina a medias.
Cuando salgo a la terraza, tengo un volcán enteramente verde, que de lejos parece virgen, sin carreteras, sin polución, sin problemas. Pero de lejos.
A más tardar, a veinte minutos de mi casa a descalzarme, tengo el mar. Lo tengo incluso cuando llueve y está gris y parece un león.
Al lado de mi casa, tengo una agencia de seguridad, con veinte hombres, día y noche, con camisita beige con un número y pantalón marrón y unas armas que dan miedo. Estos machos, machos, los miércoles de noche se reúnen en la agencia alrededor de un karaoke y cantan a los gritos canciones de Luis Miguel, contradiciendo todo principio de estereotipo. Cantan horas, todos con sus camisitas y pantaloncitos, y parecen un coro un tanto violento por la vestimenta y los instrumentos.
También tengo al loco del barrio, el loco lindo que aparece cada tanto, prácticamente cuando ve luz y música en la terraza. ¿Puedo pasar? grita. Y uno casi siempre le dice que no, sin contradecir ningún estereotipo, “abrirle a extraños, mmm, dudoso. Máxima ancestral”. Y él insiste y se vende “que no toma, que no fuma, pero que cuenta chistes y le gusta el sexo”. Y se va. Loco, pero no tonto.
25 de enero de 2010
En casa, atardeciendo, luego de hablar con mi chico.
Cuando salgo a la terraza, tengo un volcán enteramente verde, que de lejos parece virgen, sin carreteras, sin polución, sin problemas. Pero de lejos.
A más tardar, a veinte minutos de mi casa a descalzarme, tengo el mar. Lo tengo incluso cuando llueve y está gris y parece un león.
Al lado de mi casa, tengo una agencia de seguridad, con veinte hombres, día y noche, con camisita beige con un número y pantalón marrón y unas armas que dan miedo. Estos machos, machos, los miércoles de noche se reúnen en la agencia alrededor de un karaoke y cantan a los gritos canciones de Luis Miguel, contradiciendo todo principio de estereotipo. Cantan horas, todos con sus camisitas y pantaloncitos, y parecen un coro un tanto violento por la vestimenta y los instrumentos.
También tengo al loco del barrio, el loco lindo que aparece cada tanto, prácticamente cuando ve luz y música en la terraza. ¿Puedo pasar? grita. Y uno casi siempre le dice que no, sin contradecir ningún estereotipo, “abrirle a extraños, mmm, dudoso. Máxima ancestral”. Y él insiste y se vende “que no toma, que no fuma, pero que cuenta chistes y le gusta el sexo”. Y se va. Loco, pero no tonto.
25 de enero de 2010
En casa, atardeciendo, luego de hablar con mi chico.
viernes, 15 de enero de 2010
Aitanits
Aitanits. Fotógrafa a fuerza de buscarse hasta el cansancio. En España, lejos…pero por suerte con un blog de fotos divino que cuenta, para los que saben leerla, toda su vida en color, y en blanco y negro.
Hoy cumple años y mañana va a tener un año más y un día. Me cuesta imaginarme cómo estará festejando, me es más fácil acordarme de ella cuando abre los ojos celestísimos bien grandes y dice “joe, qué morro”. Y nadie entiende nada.
Vivió un tiempo en El Salvador y cuando se fue dejó un vacío amarillo.
15 de enero de 2010
Feliz cumple Aitanits, ya nos veremos
Hoy cumple años y mañana va a tener un año más y un día. Me cuesta imaginarme cómo estará festejando, me es más fácil acordarme de ella cuando abre los ojos celestísimos bien grandes y dice “joe, qué morro”. Y nadie entiende nada.
Vivió un tiempo en El Salvador y cuando se fue dejó un vacío amarillo.
15 de enero de 2010
Feliz cumple Aitanits, ya nos veremos
lunes, 11 de enero de 2010
Casas de la playa
En un país atravesado al medio, destajado por la violencia, hay un espacio excepcionalmente blanco. Son las casas de la playa.
Las casas están metidas en el medio de los pobres. Se llega por caminos de tierra que atraviesan el mundo en dos: de un lado los que no tienen nada; del otro, las casas de la playa.
Sus puertas están cerradas al camino y abiertas de par en par al mar.
Allí el tiempo es paraíso; hamacas, cerveza, ron, cocteles, música, cigarros, piscina...y se vuelve viejo, allí el tiempo se vuelve el de antes.
Los vendedores de ostras, conchas y pescados entran por la arena y entran a las casas de la playa sin siquiera saludar, caminando despacio, quebrando sin pudor el paraíso, ofreciendo sus productos.
Y nadie se inmuta. Nadie se sobresalta.
Y van a la cocina y los preparan. Y los dueños de las casas de la playa sacan sus billeteras, que están en medio de todo, metidas en bolsos despatarrados. Y nadie se inmuta. Acá, en un país, en el que el miedo se mide en un espacio sin saludos, de miradas desconfiadas y bajo llave.
Y cuando los vendedores cobraron, se van por donde entraron y pasan a la casa de al lado, como si tal cosa, como si el mundo fuera así.
11 de enero de 2010
Acostada en la cama.
Las casas están metidas en el medio de los pobres. Se llega por caminos de tierra que atraviesan el mundo en dos: de un lado los que no tienen nada; del otro, las casas de la playa.
Sus puertas están cerradas al camino y abiertas de par en par al mar.
Allí el tiempo es paraíso; hamacas, cerveza, ron, cocteles, música, cigarros, piscina...y se vuelve viejo, allí el tiempo se vuelve el de antes.
Los vendedores de ostras, conchas y pescados entran por la arena y entran a las casas de la playa sin siquiera saludar, caminando despacio, quebrando sin pudor el paraíso, ofreciendo sus productos.
Y nadie se inmuta. Nadie se sobresalta.
Y van a la cocina y los preparan. Y los dueños de las casas de la playa sacan sus billeteras, que están en medio de todo, metidas en bolsos despatarrados. Y nadie se inmuta. Acá, en un país, en el que el miedo se mide en un espacio sin saludos, de miradas desconfiadas y bajo llave.
Y cuando los vendedores cobraron, se van por donde entraron y pasan a la casa de al lado, como si tal cosa, como si el mundo fuera así.
11 de enero de 2010
Acostada en la cama.
viernes, 8 de enero de 2010
Mosquitos
Todo ha evolucionado y eso incluye a los mosquitos. Los mosquitos ya no son lo que eran antes. Son invencibles. Atraviesan el tiempo y el espacio. Y ahora lo hacen en silencio. No hay off, camiseta, espiral y vela tóxica que les impida llegar a donde quieran. Y además, selectivos. No pican a todos…pero la presa no tiene escapatoria.
Los días de playa siguen siendo divinos, sino fuera por los mosquitos, uno se acostumbraría hasta el hartazgo del mar, la playa y el tiempo que se frena… y que si pasa, no importa…porque lo que viene luego es mejor.
29 de diciembre de 2009
De noche, los dos intoxicados por culpa de ellos.
Los días de playa siguen siendo divinos, sino fuera por los mosquitos, uno se acostumbraría hasta el hartazgo del mar, la playa y el tiempo que se frena… y que si pasa, no importa…porque lo que viene luego es mejor.
29 de diciembre de 2009
De noche, los dos intoxicados por culpa de ellos.
Vacaciones
Estoy en el mar. La silla azul, la más grande, es la de él. Mide un metro noventa. La mía es la blanca, más chiquitita. Y el mar es de los dos.
El mar es un mar azul, sin delirios de grandeza, no es turquesa, ni transparente, ni se le ven desde el cielo corales marfiles y rojos. Es azul con olas de espuma blanca. Mejor dicho, es perfectamente azul con olas de espuma blanca. Es un mar con color de mar.
Es como un buen vino, tiene carácter, tiene cuerpo y tiene fuerza.
Bañarse en el no es tan fácil. Se puede hasta un punto, después es como una selva de agua y viento. No se puede pasar..o peor no se puede salir.
A este mar incierto, con trucos escondidos, lo camina todas los días Marta, la ostrera. De punta a punta, en una arena que se le derrite en los zapatos y con un guacal verde, enorme en la cabeza. Hace años que no lo escucha, después de su accidente…pero lo que yo no sé es si lo ve, aunque sea tan grande y aunque tenga tanta agua viva.
Para Marta puede ser como una mancha de humedad, de las que aparecen y la costumbre las transforma en invisible. Willy, el que cuida la casa del mar, tampoco lo ve. No le conoce ni las mareas y lo tiene bajo sus narices todos los días. Noemy, su señora novia con sonrisa boba, cada tanto lo mira…pero no se lo lleva en la piel.
A mí me hechiza, me grita, y cuando por un momento se queda mudo, quieto, segundos, abro los ojos para ver si sigue ahí.
27 de diciembre de 2009
La Zunganera con Gig, in another fucking beautiful day.
El mar es un mar azul, sin delirios de grandeza, no es turquesa, ni transparente, ni se le ven desde el cielo corales marfiles y rojos. Es azul con olas de espuma blanca. Mejor dicho, es perfectamente azul con olas de espuma blanca. Es un mar con color de mar.
Es como un buen vino, tiene carácter, tiene cuerpo y tiene fuerza.
Bañarse en el no es tan fácil. Se puede hasta un punto, después es como una selva de agua y viento. No se puede pasar..o peor no se puede salir.
A este mar incierto, con trucos escondidos, lo camina todas los días Marta, la ostrera. De punta a punta, en una arena que se le derrite en los zapatos y con un guacal verde, enorme en la cabeza. Hace años que no lo escucha, después de su accidente…pero lo que yo no sé es si lo ve, aunque sea tan grande y aunque tenga tanta agua viva.
Para Marta puede ser como una mancha de humedad, de las que aparecen y la costumbre las transforma en invisible. Willy, el que cuida la casa del mar, tampoco lo ve. No le conoce ni las mareas y lo tiene bajo sus narices todos los días. Noemy, su señora novia con sonrisa boba, cada tanto lo mira…pero no se lo lleva en la piel.
A mí me hechiza, me grita, y cuando por un momento se queda mudo, quieto, segundos, abro los ojos para ver si sigue ahí.
27 de diciembre de 2009
La Zunganera con Gig, in another fucking beautiful day.
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